El Niño es un fenómeno climático recurrente que impacta en todo el planeta, con distintas fases que incluyen la fase fría (La Niña), una neutra y la cálida (El Niño). Actualmente, nos encontramos en una fase neutra, pero los modelos de predicción indican que a mediados de 2026 podríamos entrar en una fase de El Niño, que podría intensificarse hacia finales de año, llegando a ser un super-El Niño. Los efectos de este fenómeno son objeto de preocupación y análisis en el ámbito científico y climatológico.
Históricamente, la llegada de aguas cálidas del Pacífico ecuatorial ha tenido consecuencias significativas, especialmente en la industria pesquera de Perú. Esta corriente, que reemplaza las aguas frías de la corriente de Humboldt, puede provocar la desaparición de especies como la anchoveta, un pez fundamental para la economía local. Además, se ha observado que El Niño puede generar precipitaciones torrenciales, afectando regiones áridas, como el desierto de Atacama en Chile.

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El descubrimiento de la Oscilación del Sur por Gilbert Walker en los años 20 del siglo XX reveló la conexión entre la presión atmosférica en el Pacífico sur y el norte de Australia. Este acoplamiento entre el océano y la atmósfera es esencial para entender cómo El Niño influye en el clima global. En el pasado, eventos de El Niño han causado fenómenos meteorológicos extremos, como el ocurrido en 1982-1983, que tuvo repercusiones en diversas regiones del mundo, desde inundaciones hasta sequías.
Si se materializa un super-El Niño en 2026 o 2027, podríamos experimentar un aumento en la temperatura media global y variaciones climáticas drásticas. Se anticipan fuertes precipitaciones en los países andinos, mientras que el sudeste asiático y partes de Australia podrían enfrentar severas sequías. La interacción global de este fenómeno demuestra que sus efectos trascienden su origen, afectando a regiones distantes y diversas.
En resumen, el fenómeno de El Niño no solo es un evento local, sino un fenómeno de alcance global que puede tener consecuencias catastróficas en la climatología mundial. La investigación continua sobre este fenómeno es crucial para prepararnos ante sus posibles impactos futuros.

