Un estudio del equipo de investigación de enfermedades neurodegenerativas de la Universidad de Cantabria (UC) y el Instituto de Investigación Sanitaria de Valdecilla (IDIVAL) ha revelado un aumento de hasta el 70% en los casos de estas patologías, especialmente de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), en los últimos 30 años en Cantabria. Este hallazgo se produce en el marco de una investigación que ha identificado nuevos factores ambientales clave en la ELA, abriendo vías para futuras terapias.
El equipo, liderado por el doctor Javier Riancho, ha avanzado en el estudio de la ELA con un enfoque en el papel de los factores ambientales en el desarrollo de la enfermedad. La ELA, que afecta a las motoneuronas, se caracteriza por una pérdida de fuerza progresiva. Aunque alrededor del 10% de los casos son de origen genético, la mayoría son esporádicos y se atribuyen a una compleja interacción de factores genéticos, ambientales y el envejecimiento.
En este contexto, Riancho y su equipo han observado que, dado que no ha habido cambios significativos en la base genética poblacional, el aumento en los casos de ELA debería atribuirse a cambios en factores ambientales que son potencialmente modificables. Estos factores incluyen la contaminación, la calidad del aire y la exposición a tóxicos, así como hábitos de vida y otras condiciones de salud.

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Los investigadores también han identificado clústeres geográficos de alta incidencia de ELA, especialmente en el norte y noreste de España. La investigación ha permitido establecer asociaciones entre la frecuencia de la enfermedad y factores como la altitud sobre el nivel del mar y el tipo de suelo agrario, lo que abre nuevas líneas de investigación sobre los mecanismos implicados.
Además, el equipo ha encontrado concentraciones urinarias más elevadas de sustancias como plomo y cobre en pacientes con ELA, lo que refuerza la necesidad de investigar la relación entre contaminantes ambientales y enfermedades neurodegenerativas. El estudio también se enfoca en la calidad del aire en el interior de las viviendas, un aspecto poco explorado hasta ahora.
Riancho indica que los resultados epidemiológicos se complementan con experimentos en laboratorio para comprobar si las exposiciones ambientales pueden inducir degeneración celular. Esto permitiría abrir nuevas vías terapéuticas, buscando conocer mejor la enfermedad y desarrollar estrategias preventivas, así como nuevos fármacos para mejorar la calidad de vida de los pacientes que ya la padecen.
El conocimiento sobre la ELA ha crecido exponencialmente en la última década, con múltiples fármacos en ensayo tanto para formas genéticas como esporádicas. Un fármaco específico para una forma genética de ELA ha mostrado mejorar el curso natural de la enfermedad, lo que genera optimismo entre los investigadores sobre el futuro de los tratamientos disponibles.
