En solo 60 días, Ximena Lincolao ha acumulado más conflictos que anuncios en su rol como ministra de Ciencia. Su gestión se ha visto marcada por la renuncia de su subsecretario, acusaciones de despidos masivos y una crisis interna en el ministerio caracterizada por el miedo y la desconfianza. Expertos han señalado que Lincolao no cree en la ciencia como un bien público, sino que impulsa una agenda ideológica influenciada por Silicon Valley y figuras como Peter Thiel.
La percepción general entre distintos actores del ecosistema científico es que Lincolao no entiende la ciencia como un proyecto de desarrollo humano, sino como una herramienta transaccional centrada en la rentabilidad económica inmediata. Esta visión ha generado preocupación, dado que la investigación podría dejar de ser considerada como una construcción a largo plazo y ser evaluada únicamente bajo criterios de retorno económico.

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Uno de los ejemplos más alarmantes es la situación del convenio franco-chileno para un centro binacional de inteligencia artificial, que se encuentra en riesgo debido a la falta de interés por la diplomacia científica y la ausencia de presupuesto, lo que podría debilitar un proyecto considerado clave para la cooperación científica de Chile.
Adicionalmente, la gestión de Lincolao ha sido percibida como desconectada de universidades y sociedades científicas. Un episodio que ejemplifica esta desconexión ocurrió cuando decidió realizar una reunión general con funcionarios a través de Zoom, a pesar de que todos los participantes estaban en el mismo edificio. Esto ha contribuido a la percepción de que su estilo de liderazgo es distante y poco familiarizado con la cultura institucional chilena.

