Un sencillo análisis de sangre podría cambiar la forma en que se identifica y se aborda la enfermedad de Alzheimer mucho antes de que aparezcan los síntomas más evidentes.
Un estudio internacional, publicado en _The Lancet_, ha demostrado por primera vez que determinados biomarcadores presentes en la sangre están asociados con pequeñas alteraciones cognitivas en personas de mediana edad que todavía no padecen demencia.
Los resultados sugieren que los procesos biológicos vinculados al Alzheimer pueden detectarse muchos años antes de que la enfermedad sea diagnosticada clínicamente. Según los investigadores, esto abre una oportunidad inédita para intervenir de manera temprana y retrasar la aparición de los síntomas.

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El trabajo analizó a 1.350 adultos de entre 53 y 69 años, participantes del estudio CARDIA, una investigación de seguimiento a largo plazo realizada en Estados Unidos. Los científicos midieron dos proteínas en la sangre que están estrechamente relacionadas con el Alzheimer: el beta amiloide y la tau fosforilada. La acumulación anormal de ambas en el cerebro constituye una de las características biológicas más reconocidas de la enfermedad.
Los investigadores encontraron que alrededor del 6% de los participantes presentaban niveles elevados de estos biomarcadores. Aunque ninguno tenía demencia, este grupo mostró peores resultados en pruebas que evalúan la velocidad de procesamiento mental y las funciones ejecutivas, capacidades esenciales para organizar tareas, planificar actividades o responder rápidamente a situaciones cambiantes.
Además, al comparar los resultados obtenidos cinco años después, estas personas presentaron entre 2,5 y 4 veces más riesgo de experimentar un deterioro acelerado de la memoria verbal y entre 3 y 4 veces más probabilidades de sufrir una disminución rápida de la velocidad de procesamiento mental.
La patología de la enfermedad de Alzheimer comienza años antes de que aparezcan los síntomas, explicó la autora principal del estudio, Kristine Yaffe. “Detectar la enfermedad de forma temprana significa que los pacientes pueden actuar sobre factores de riesgo modificables y quizá buscar otros tipos de atención”.
La relevancia de este hallazgo radica en que la detección precoz del Alzheimer ha sido tradicionalmente compleja y costosa. Actualmente, las pruebas más utilizadas requieren tomografías cerebrales especializadas o análisis de líquido cefalorraquídeo obtenidos mediante punción lumbar. Los análisis de sangre, en cambio, son mucho más accesibles, económicos y menos invasivos.

