En Chile, la hipertensión arterial (HTA) representa un desafío significativo para la salud pública, afectando especialmente a las mujeres. Su prevalencia aumenta notablemente con la edad: del 1,8% en mujeres jóvenes de 15 a 24 años, hasta cerca del 50% en aquellas mayores de 65 años.
Durante el embarazo, las mujeres hipertensas son clasificadas como de “alto riesgo”, lo que implica la necesidad de cuidados especiales y un seguimiento más riguroso. Estos casos corresponden al 10% de los embarazos, y con los avances tecnológicos y científicos, es posible prevenir o controlar las complicaciones de manera efectiva.
Es fundamental identificar de manera precoz a las mujeres con factores de riesgo a través de una historia clínica adecuada. Esto ayuda a minimizar las consecuencias negativas y a optimizar los resultados al final del embarazo. No hay que alarmarse por la clasificación de alto riesgo, ya que en la mayoría de los casos solo se traduce en un aumento de los controles médicos, sin necesariamente enfrentar problemas durante la gestación.

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A pesar de que la hipertensión no está contraindicada para el embarazo, requiere un cuidado y seguimiento riguroso. “Lo ideal es programar el embarazo para iniciar los cuidados previos, definiendo el mejor momento para la concepción”, señala la doctora Abril Salinas, especialista en medicina reproductiva.
Las mujeres hipertensas deben controlar su presión arterial diariamente y seguir estrictamente las indicaciones médicas para evitar complicaciones como el crecimiento intrauterino insuficiente, parto prematuro, o problemas con la placenta. Es esencial entender que los criterios de presión arterial normal cambian durante el embarazo.
La hipertensión gestacional se define como valores de 140/90 mmHg o superiores, mientras que cifras por encima de 160/110 mmHg representan una emergencia médica. Es crucial, además, considerar los diferentes tipos de hipertensión que pueden presentarse durante la gestación, como la crónica, gestacional, preeclampsia y eclampsia.
La alimentación juega un papel vital en la prevención de complicaciones. Es recomendable limitar el sodio a menos de 2 gramos al día y seguir una dieta rica en fibras y proteínas saludables. Además, es aconsejable evitar alimentos enlatados y productos azucarados, que pueden contribuir a un aumento en la presión arterial. La actividad física, como caminar o nadar, también es beneficiosa, siempre bajo la supervisión de un médico especialista.

