El último gran evento de El Niño ocurrió entre 2015 y 2016. Aunque inicialmente se esperaba su desarrollo en 2014, no fue hasta 2015 que se intensificó rápidamente. Este evento fue extraordinariamente intenso, alcanzando un índice oceánico relativo (RONI) de 2.4 °C, pero a pesar de estas condiciones, las lluvias en Chile central no cumplieron con las expectativas. A diferencia de lo que se anticipaba, gran parte de las estaciones meteorológicas registraron precipitaciones dentro del rango normal o incluso por debajo de lo habitual, variando entre periodos secos y lluviosos. A pesar de ser uno de los eventos de El Niño más intensos de la historia, las precipitaciones en Chile no mostraron un aumento significativo. El año cerró con lluvias normales o ligeramente por debajo de lo esperado, aunque con meses muy lluviosos en el sur y extremo austral. En la zona sur, mayo, julio y agosto fueron más lluviosos, mientras que el resto del año fue más seco. La zona central, donde la señal de El Niño suele ser más intensa, también vio un comienzo de invierno con escasas precipitaciones. Un giro inesperado se presentó en 2015, cuando el periodo más lluvioso no ocurrió en invierno, sino entre agosto y octubre, generando una primavera inusualmente húmeda. Esta variación podría atribuirse a la variabilidad intraestacional, que puede contrarrestar los efectos esperados de El Niño. Durante el evento, la Oscilación Antártica (AAO) fue mayormente positiva, lo que contrasta con otros eventos significativos de El Niño, donde normalmente es negativa. El fenómeno de El Niño de 2015-2016 dejó lecciones sobre las interacciones complejas entre sus efectos y otros modos de variabilidad. Años después, en 2023, un evento de El Niño de menor magnitud provocó impactos mayores, lo que subraya la incertidumbre de las predicciones climáticas y la importancia de analizar los patrones de lluvia pasados en Chile.


