Un nuevo estudio sobre el Etna propone que el volcán más activo de Europa no funciona como ningún otro conocido y podría estar conectado directamente con una misteriosa capa parcialmente fundida situada a 100 kilómetros de profundidad. Esta investigación, publicada en el Journal of Geophysical Research: Solid Earth, sugiere que el Etna podría representar un tipo de volcanismo completamente distinto al que aparece en los manuales de geología.
El comportamiento del volcán siciliano no encaja ni con los volcanes asociados a zonas de subducción ni con los generados por puntos calientes del manto. Durante décadas, esta contradicción ha desconcertado a los especialistas, ya que el Etna se encuentra en una región donde la placa africana se hunde lentamente bajo la euroasiática. Sin embargo, las lavas del Etna cuentan una historia diferente, similar a la de los volcanes oceánicos alimentados desde las profundidades del manto.

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Para resolver este misterio, los investigadores analizaron la evolución geoquímica de las lavas emitidas por el Etna. El resultado apunta hacia una región muy concreta del interior terrestre conocida como zona de baja velocidad, ubicada en el límite entre la litosfera y la astenosfera. En esta región, las ondas sísmicas se ralentizan, sugiriendo la existencia de pequeñas cantidades de roca parcialmente fundida, que normalmente permanece atrapada bajo las placas tectónicas.
El estudio revela que la deformación tectónica provocada por el choque entre África y Eurasia ha creado una red de fracturas profundas que actúan como auténticas chimeneas magmáticas. El Etna podría funcionar como una especie de “tubería con fugas” que permite el escape lento de magmas acumulados desde hace millones de años en esa capa parcialmente fundida. Esta hipótesis es especialmente intrigante, ya que podría haber otros lugares en el planeta donde mecanismos similares han pasado desapercibidos hasta ahora.

