El hielo marino de la Antártica es fundamental para el equilibrio del sistema climático global, ya que su superficie refleja la radiación solar y ayuda a transportar calor y carbono a las profundidades del océano. Recientemente, un estudio publicado en Science Advances ha revelado que la drástica reducción de su extensión empezó cuando este hielo “sucumbió a los fuertes vientos que perturbaron las capas del océano Austral”.
La investigación indica que, en julio de 2023, el hielo marino alcanzó su mínimo histórico, con un área de hielo menor a la de toda Europa occidental. Para comprender este fenómeno, los científicos utilizaron un modelo híbrido que combinó datos satelitales, mediciones oceánicas y simulaciones numéricas, lo que les permitió identificar tres fases en la pérdida de hielo.

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Entre 2013 y 2015, vientos del oeste contribuyeron tanto a la expansión del hielo como a la erosión de las profundidades oceánicas, lo que facilitó la elevación de aguas cálidas y saladas que, desde 2005, habían debilitado la capa invernal que protegía la superficie. En 2015, esta agua cálida rompió la capa y ascendió, provocando un derretimiento masivo. El primer autor del estudio, Aditya Narayanan, destacó que el calor desde abajo fue el principal desencadenante de esta pérdida.
A partir de 2018, el proceso se volvió un ciclo de retroalimentación: al disminuir la superficie helada, se reflejó menos radiación solar y el agua comenzó a absorber más calor. A pesar de que los científicos no hablan de un colapso inminente de la Antártica, la preocupación radica en que esta alteración podría reducir la capacidad del Océano Austral para almacenar calor y carbono, acelerando el cambio climático en todo el planeta.

