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Perú se prepara para una reñida segunda vuelta entre Fujimorismo y Antifujimorismo

La segunda vuelta en Perú enfrenta a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez en un contexto de rechazo a los candidatos.

La segunda vuelta presidencial en Perú, programada para el 7 de junio, enfrenta a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Este evento no solo representa una elección entre dos candidatos, sino que simboliza un conflicto histórico entre el fujimorismo y el antifujimorismo, corrientes que han dividido al país durante más de 30 años.

A pesar de las intensas manifestaciones antifujimoristas en el pasado, este año se ha observado un descenso en la actividad de este movimiento. El porcentaje de personas que afirman que no votarían por Fujimori ha caído del 66% al 44%. Este cambio plantea interrogantes sobre la capacidad del antifujimorismo para movilizarse de manera efectiva en esta ocasión.

Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, defiende su legado político, argumentando que su padre estabilizó la economía y derrotó al grupo subversivo Sendero Luminoso durante su mandato. Por otro lado, el antifujimorismo busca evitar que su posible gobierno regrese al poder, resaltando los delitos de corrupción y violaciones a derechos humanos asociados con su padre.

Durante la campaña electoral, la falta de manifestaciones significativas en contra de Fujimori ha sido notable. La última convocatoria del antifujimorismo tuvo lugar el pasado sábado, donde un número reducido de personas se reunió en la Plaza San Martín de Lima. Este fenómeno contrasta con elecciones anteriores, donde las protestas eran masivas y decisivas.

En la actualidad, los sondeos indican que Fujimori tiene una leve ventaja de entre 3% sobre Sánchez en el voto válido, lo que sugiere una reconfiguración en la dinámica electoral. Esto se debe, en parte, a una decepción generalizada en sectores de la ciudadanía hacia las propuestas de izquierda tras la destitución de Pedro Castillo, quien enfrentó acusaciones similares a las de su padre. La contienda electoral, por tanto, no solo es un reflejo de tendencias políticas, sino también de un complejo entramado social y emocional en la política peruana.

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