La psicóloga clínica Ingrid Clayton ha explorado el fenómeno de la complacencia como una respuesta al trauma, un mecanismo menos discutido que las respuestas de lucha, huida o congelación. Según ella, la complacencia puede ser una reacción instintiva que se activa para mantenernos a salvo en situaciones de conflicto, pero puede convertirse en un patrón crónico que afecta nuestra salud mental y bienestar.
En su libro Complacer: por qué la necesidad de agradar nos desconecta de quienes somos y cómo recuperar nuestra voz, Clayton detalla cómo la complacencia se confunde con la codependencia o el “síndrome de la buena persona”. A menudo, las personas que complacen tienden a fusionarse con los deseos de otros para evitar el conflicto, lo que puede llevar a una falta de autenticidad y a un daño emocional a largo plazo.

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Clayton enumera siete señales que indican que alguien está complaciendo a los demás: desde pedir perdón cuando otros nos han hecho daño, hasta permanecer en relaciones dañinas por miedo a perder algo. La psicóloga aclara que la complacencia puede manifestarse no solo en relaciones interpersonales, sino también en ideologías o marcos culturales, donde se siente la presión de cumplir con ciertas expectativas.
Para aquellos que luchan con patrones crónicos de complacencia, Clayton sugiere que el primer paso hacia la sanación es construir una nueva relación con uno mismo. Esto implica reajustar nuestra brújula interna y aprender a ser amables con nosotros mismos, reconociendo que la complacencia es una respuesta de supervivencia a entornos disfuncionales. La compasión hacia uno mismo es esencial en este proceso, así como buscar terapias adecuadas que aborden traumas complejos.
Finalmente, Clayton hace hincapié en la importancia de entender que no estamos rotos por estas reacciones. Al tomar conciencia de la complacencia y sus efectos, podemos comenzar a sanar y recuperar nuestra voz, permitiéndonos vivir de manera más auténtica y plena.
