Cada 17 de mayo, el mundo recuerda la hipertensión arterial como el principal factor de riesgo cardiovascular. Sin embargo, este problema sigue siendo ignorado de manera alarmante. Según el segundo Informe Mundial sobre Hipertensión de la OMS, publicado en septiembre de 2025, 1,4 mil millones de personas a nivel global tienen presión arterial alta, pero solo una de cada cinco logra mantenerla bajo control. Esta estadística, aunque conocida, sigue sin cambiar significativamente.
En Chile, la situación es igualmente preocupante, con aproximadamente uno de cada cuatro hombres y uno de cada cinco mujeres viviendo con hipertensión, lo que equivale a más de cuatro millones de personas. A pesar de que hay motivos para ser optimistas, los desafíos son enormes. Actualmente, solo un 33% de los hipertensos tiene su presión arterial controlada, lo que significa que dos de cada tres personas que son conscientes de su condición siguen expuestas a sus graves consecuencias.

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La hipertensión no es solo un problema médico; es también un problema cultural, social y educativo. Con información más accesible que nunca, la conciencia sobre este tema sigue siendo baja, especialmente entre los hombres. Las mujeres, según la última Encuesta Nacional de Salud, no solo se controlan más, sino que también tienen mejores tasas de tratamiento. Esta situación no es trivial, dado que la hipertensión puede comenzar a desarrollarse desde los 30 o 40 años y, si no se detecta a tiempo, puede causar daño silencioso durante años.
¿Estamos haciendo lo suficiente para prevenir la hipertensión? La respuesta es no. A pesar de las recomendaciones claras sobre alimentación saludable, ejercicio regular, reducción de sal, no fumar y controles médicos frecuentes, muchos continúan normalizando hábitos perjudiciales. Lo más preocupante es que se sigue tratando la hipertensión como una condición exclusiva de los adultos mayores, cuando en realidad ha dejado de serlo hace tiempo.
Es esencial actuar desde una edad temprana. Necesitamos campañas educativas permanentes, estrategias de detección masiva en lugares de trabajo y un mayor acceso a tratamientos efectivos. Pero, por encima de todo, es crucial fomentar una nueva cultura de salud que reconozca que no basta con tomar pastillas; es necesario cambiar el estilo de vida, desde la alimentación hasta la rutina diaria.

